Radioteatro de la estepa: memoria e identidad en la Patagonia Argentina
Doña Josefa Paillacoy sostiene en sus manos un guión. Se prepara para leerlo frente a un micrófono dorado. Su voz es tranquila pero tiene el filo agudo de las mujeres patagónicas, ese canto particular. Es pequeña, lleva el pelo corto y anteojos grandes. Nació al pie de una montaña, en una zona rural ubicada a unos 34 kilómetros de Sierra Colorada, donde transcurre su vida hoy.
-Tu papá se fue a la esquila- le dice a Azul, la joven sentada a su lado.
Es una frase tantas veces dicha en los territorios del sur argentino que ambas mujeres no parecen actuar, sino recordar. Las manos de Josefa encarnan el gesto de una abuela que debe ponerle argumento a una ausencia. Sabe que en el radioteatro nadie lo verá, pero no puede evitarlo. Acaricia el brazo de la jovencita cuando ella responde su línea:
-Eso mismo me dijeron el año pasado, abuela.

Así empieza a tomar forma uno de los episodios de Radioteatro de la Estepa. Una escena escuchada en una cocina, un recuerdo que alguien se anima a decir en voz alta y otra persona completa. Los guiones van hilvanando personajes del imaginario popular, elementos del cuento fantástico y pequeñas dosis de ficción.
En la Región Sur de Río Negro, muchas de esas memorias permanecieron durante décadas dentro de las familias o fueron empujadas al silencio. El radioteatro las convierte en una experiencia colectiva donde vuelven a circular de boca en boca.
Detrás de la consola está Rodrigo Ramírez Castiglia, actor y comunicador. Impulsa el proyecto de manera autogestiva desde Sierra Colorada, el pueblo donde terminaría encontrando las historias que también lo transformarían a él.
El forastero
La vida cotidiana de Rodrigo se transformó de manera radical en 2021, cuando se mudó junto a su familia desde la Ciudad de Buenos Aires a Sierra Colorada, en la Región Sur de Río Negro. El pequeño pueblo, de apenas 1.690 habitantes, lo obligó a hacerse una pregunta constante:
—Necesitaba comprender dónde, con quiénes y sobre qué tierra estaba viviendo.
Su forma de entender el mundo siempre había sido a través del arte y de las historias. Pero durante casi dos años habitó el territorio sin terminar de aquerenciarse, hasta que alguien le dio una indicación sencilla:
—Andá a hablar con la Josefa. En la casita roja con aljibe. Ella te va a contar.
Hacia allí fue Rodrigo y luego de dos horas de conversación salió con los oídos llenos de mundos: el de quienes se pierden en la cerrazón, el de las tejedoras, el de las apariciones, el de los esquiladores de ovejas y el de las familias partidas.
—Mientras más iba agrandando la oreja, más entraba —recuerda.
Y escuchándola a Josefa, entendió que esas historias no necesitaban convertirse en libros ni en documentos. Necesitaban volver a la oralidad. Pensó en el radioteatro como una fogata: alguien empieza un cuento y otra persona le agrega un leño. Una voz termina contando una historia que también es de los demás.
El proyecto nació de esa intuición. Era una manera de comprender el lugar al que había llegado, pero también de crear un espacio donde la comunidad pudiera escucharse a sí misma.
Llalliñ, la araña
La prueba piloto fue el episodio "Don Ponce y el transparente", un relato sobre el amor, la soledad y lo inasible. Rodrigo se puso en la voz de Don Ponce y sintió que ese capítulo le permitió acercarse a la idea de vivir, crecer y transcurrir en la ruralidad. Fue un aprendizaje preliminar.
Y como todo lleva su tiempo de maceración, recién en 2025 apareció *Llalliñ, la compañera Noe Valenzuela, la "arañita" tejedora de proyectos, redes y espacios. Junto a Nilda Parra y Olivia Uriz Martínez empezaron a grabar un capítulo que transformaría esa primera aproximación estética y sonora en un proyecto de memoria colectiva y reconstrucción de lazos.
Se trata del episodio de la tejedora que quiere romper un récord y abrigar a todo el pueblo con la matra más grande del mundo. El capítulo, de apenas quince minutos, abrió en el pueblo un proceso de conversación circular.
-Yo también aprendí de chica, me enseñó mi abuela - les comenta alguien por mensaje de Whatsapp.
-¿Te acordás de aquella vez que teñimos mal la lana? - le susurra una compañera tejedora a otra mientras caminan hacia el almacén- Deberíamos contársela a Rodrigo.
Lo que siguió fue un desentierro de memorias que estaban pulsando por salir y volver a decirse sin vergüenza, a contrapelo del silencio que dejó el orden del estado colonial en la vida cotidiana.
-Hasta hace no tanto tiempo había una estigmatización de la identidad mapuche y rural -señala Noe- A mi mamá, cuando iba a la escuela allá en Jacobacci, apenas llegaba le tiraban talco en la cabeza porque asumían que estaba llena de piojos. Entonces, ¡qué ganas iban a tener las personas de contar que eran del campo!
El proyecto cambió eso. Rodrigo relata, emocionado, que una mujer muy mayor se acercó a él después de la escucha colectiva del episodio de las tejedoras, en la jornada del 8M (Día internacional de la mujer trabajadora) en Sierra Colorada. Le tocó el brazo con suavidad:
-Eso está incompleto, muchacho- le dijo- Ahí falta la parte de mi abuela.
Radioteatro de la Estepa parecía confirmar, en ese gesto, que toda memoria quiere algo más que ser recordada: quiere ser compartida.
